Distorsión electromagnética

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—Todo va a salir bien, todo va a salir bien… —repetía entre dientes el señor Collins a modo de mantra.

No es que padeciera de claustrofobia, pero era bastante aprensivo y no confiaba demasiado en las máquinas. Siempre le decía a su mujer que acabarían dominando el mundo, como en esa película de  Schwarzenegger.

Ahora se encontraba haciéndose una resonancia magnética y temía que algo pudiera fallar y que le afectara de manera permanente.

—Procure no moverse durante la prueba —le indicó la auxiliar a su espalda al notar lo nervioso que estaba.

—De acuerdo. —Lejos de tranquilizarse aumentó su angustia. No se atrevía a mover ni un músculo por miedo a que aquel aparato le dañase.

Cuando la chica activó el mecanismo se oyó un zumbido ensordecedor y por unos instantes el señor Collins pudo apreciar cómo todo se distorsionaba a su alrededor. Después nada. Reinaba un silencio tan absoluto que por un momento pensó que se había quedado sordo.

—¿Que ha ocurrido? —Al oír su propia voz descartó su posible sordera, pero el no hallar respuesta incrementó su nivel de estrés.

—¿Alguien puede oírme? —Empezó a sentirse bastante nervioso y había elevado la voz mientras giraba el cuello hacia todos los lados para intentar ver qué pasaba.

Decidió entonces salir de aquel lugar por sí mismo. Al girarse y ponerse boca abajo fue cuando vio a la técnico que había puesto en marcha la máquina. La chica estaba completamente inmóvil.

—Señorita, ¿le ocurre algo? —Decidió salir y acercarse a ella.

Tenía aún el dedo sobre el botón de inicio. Puso la mano en su hombro y la retiró enseguida con un respingo. Fue como si hubiese tocado una estatua de piedra.

Empezó a sentir náuseas y un sudor frío perló su frente. Se acercó a la puerta que daba al pasillo y tampoco pudo girar el pomo. Por el ventanuco de la misma se podían ver los ventanales del otro lado del corredor y junto a los árboles del exterior pudo apreciar a una bandada de pájaros estáticos en pleno vuelo.

Recordó entonces que había dejado su móvil sobre la bandeja metálica que había a la entrada de un cuarto contiguo junto al resto de sus pertenencias.

—¡Gracias a dios! —exclamó al ver que esa puerta estaba abierta.

Se apresuró a entrar y vio que la pantalla estaba iluminada. Y en la esquina superior izquierda estaba el icono que indicaba que tenía una llamada perdida.

—Debe ser de mi mujer. —sentenció en voz alta—. Seguro que ella sabría qué hacer. Siempre tiene respuestas para todo —añadió en tono sarcástico.

Pero cuando intentó coger su teléfono comprobó que era imposible. Estaba tan petrificado como todo lo que le rodeaba.

Terminó por sentarse en el suelo derrotado. Estaba atrapado en aquel lugar atemporal y se sentía impotente ante tan inaudita situación. Sus hombros empezaron a moverse arriba y abajo mientras las lágrimas bañaban su rostro.

 

En la habitación contigua, en el interior de la máquina de resonancia, una araña había provocado un cortocircuito en la placa electrónica. El chispazo no la inutilizó, pero varió la longitud de onda de su campo magnético.

 

Unos minutos antes del incidente, a un par de kilómetros de allí:

—Espera, no pulses aún ese botón —dijo Mike sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador.

—¿Qué sucede? —resopló Mark impaciente por comenzar el experimento.

—¿Has leído este artículo sobre el efecto que podría causar nuestra prueba en un aparato de resonancia que se halle relativamente cerca?

—Eso es ciencia ficción, hombre, además, el aparato en cuestión tendría que tener su longitud de onda modificada de tal manera que el zumbido que provocaría sería insoportable. Nadie lo utilizaría en esas condiciones.

—Está bien. Adelante.

—Iniciando secuencia de inversión magnética en: 10, 9, 8, 7…

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