Reconquista

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Cuando despertó, todavía estaba allí. Sus ojos, verde esmeralda, dominaban todo el paisaje de su rostro. En comparación, sus orificios nasales eran sutiles y casi imperceptibles. Su color era el mismo que el del brillo que desprendían sus escamas, e incluso la forma de sus pupilas se asemejaba a los afilados dientes que poblaban sus fauces, que de cuando en cuando dejaban entrever su fina lengua, terminada en dos puntas, adecuándose así en número a los dos luceros que fijaban la mirada en él.

—Por fin despiertas, dormilón —siseó suavemente Krila. En ausencia de labios, los de su especie sonreían con los ojos, y en ese preciso instante los microcambios en cada uno de sus iris le transmitían a Kern la más amplia de las sonrisas.

Él se quedó sin palabras, pues sabía lo que significaba su presencia allí al despertar. Los Krunt se unían frecuentemente para aparearse y perpetuar la especie, pero, tras el acto, el macho se quedaba dormido y la hembra se marchaba a seguir con su vida. Si al levantarse, ella seguía allí, quería decir que lo había elegido como pareja para toda la vida.

—Tenemos que prepararnos —Krila interrumpió la ensoñación de Kern—. Estamos llegando.

—Sí, claro. —Aunque estaba deseando hablar del tiempo que llevaba esperando aquello, sabía que había llegado el gran momento. Por fín podrían colonizar la superficie de ese planeta al que los humanos llamaban Tierra.

Tras embutirse en sus uniformes, se unieron al grupo de asalto que ya corría por los pasillos del transporte para ocupar sus posiciones.

La población terrestre se había visto bastante diezmada en multitud de oportunidades en las que los Krunt les enviaron distintas enfermedades: la peste, el cólera, la gripe, el sida… pero en esta ocasión habían conseguido aniquilarla casi en su totalidad. Tan solo quedaban pequeños reductos armados luchando contra sus congéneres infectados.

—¡¿Todo el mundo tiene a mano sus inhibidores Z?! —bramó  el comandante del escuadrón.

—¡Sí, señor! —replicaron todos al unísono.

Los llamaban así, Z, pues los afectados estaban a mitad de camino entre la vida y la muerte y se asemejaban a los zombies de las películas de los humanos interceptadas por los Krunt. Llevaban años asimilando su cultura. Los dispositivos, mediante una onda electromagnética calibrada, terminaban el trabajo y los dejaban bien muertos, por lo que ya solo tendrían que preocuparse de los supervivientes. En ese momento Krila revisaba el armamento adicional destinado a acabar con los no contagiados. Kern se quedó ensimismado contemplándola, la veía hermosa y pensaba que el traje de batalla le sentaba realmente bien.

Emergieron junto a un aeropuerto. Krila había pedido ir en esa tuneladora, porque se había quedado prendada con una imagen de las emisiones que captaban. Pronto tendría uno en sus manos, uno de verdad. Ella, sin una razón concreta, se había obsesionado con conseguir un billete de avión. Cuando despejaron la terminal pudo recoger del suelo un buen puñado e imitar el gesto que tantas veces había visto en las películas de los humanos de besar algo muy ansiado y que por fin se consigue.

Después de que algunos de sus antepasados fuesen sepultados vivos bajo la superficie terrestre por el impacto del meteorito y tras siglos de evolución en las sombras, estaban a punto de conquistar un territorio que había sido suyo desde siempre.

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