Metamorfosis

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La mañana empezó tranquila. Me gusta cuando casi nada se sale de la rutina. La única variante que se me presentó fue que en lugar de venir el chico de siempre a traerme los congelados habían mandado a una chavala.

—Buenos días —dijo al llegar— ¿El señor… Smith? —Elevó ligeramente una ceja al levantar la vista.

—Sí, soy yo. —Por un momento pensé en explicarle que me encanta la película Matrix y que cambié mi nombre en el registro por el de mi personaje favorito, pero deseché la idea.

—Vengo en sustitución de mi compañero —añadió al ver que me había quedado callado mirando su tarjeta de identificación—. ¿Dónde le dejo esto?

—Al fondo —le indiqué mientras firmaba los papeles que me había dejado encima de la mesa—, en aquel arcón de allí.

Volví a dejar la hoja de pedidos en el mismo sitio que la soltó ella y la seguí por el pasillo. No me gusta que los desconocidos se paseen por mi casa sin estar yo pendiente.

Entonces fue cuando se truncó aquella mañana tan apacible. Todo sucedió muy rápido, pero parecía una escena a cámara lenta en mi cabeza: Ella llevaba la carga apoyada en el abdomen y no veía el camino. Yo vi los hielos que estaba a punto de pisar, pero me quedé paralizado, como si fuera el espectador de una peli en su momento más interesante. Resbaló, las cajas que llevaba saltaron  por los aires y en la caída hacia atrás su nuca impactó, con un golpe seco, contra un generador que tenía a un lado de la puerta. Se convulsionó durante unos segundos y luego se quedó muy quieta y con los ojos entreabiertos. Por un momento pensé en dar parte a las autoridades, pero mi mente ya había empezado a barajar otras posibilidades mucho más atractivas. Siempre había sido un tipo solitario y nunca me había agradado el contacto con el resto de mis congéneres, pero nunca imaginé que podía llegar a disfrutar tanto viendo apagarse una vida. Acababa de descubrir mi verdadera vocación y enseguida empecé a estudiar cómo borrar las huellas de lo sucedido.

A pesar de  meter a la chica en mi congelador, alejar el coche de mi puerta, utilizando guantes, por supuesto, depositar la hoja de reparto sobre el salpicadero y tirar las llaves al mar, a la mañana siguiente tenía a un policía llamando a mi puerta.

Tras varias preguntas dirigidas a conocer los últimos pasos de la «desaparecida», el agente me pidió permiso para abrir el congelador. Tenía una barra de hierro preparada para asestarle un buen golpe cuando dijo algo inusual:

—¡Vaya pulpo! No imaginaba que pudieran ser tan grandes.

Pensé que me estaba tomando el pelo y que de un momento a otro iba a sacar sus esposas. Sin embargo,  cuando me asomé, pude reconocer los rasgos de la repartidora en aquel bicho.

El poli se disculpó por las molestias y se marchó.

Tras cerrar la puerta volví al trastero para comprobar el contenido de mi nevera una vez más. No me podía creer lo sucedido. ¿Quién o qué era esa chica en realidad?

—¡Joder! —Cogí de nuevo la barra al ver abierta la puerta del congelador. En el suelo había un rastro de agua que se adentraba en la cocina.

Eché un rápido vistazo, elevando mi improvisada arma por encima del hombro, para confirmar que ya no permanecía allí.

Seguí el rastro en tensión y procurando hacer el mínimo ruido posible. La puerta de atrás, la que daba al jardín que separaba mi casa del acantilado,  estaba abierta. Fuera, el reguero se perdía más allá del muro exterior.

Cerré y eché la barra de seguridad, comprobando después todas las ventanas. Acto seguido apagué todas las luces y me senté en una silla cerca del ventanal de la cocina. No sabía si ese ser tendría la intención de volver o no, lo que sí sabía es que iba a ser una noche muy larga, la cual aprovecharía para planear concienzudamente los detalles de mi próximo encuentro con la muerte, está vez no dejaría ningún caso suelto.

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