Ometeotl (dios de la dualidad, representada en esencia por la armonía entre el espacio y el tiempo)

photo-1444136589547-bb0a954d3c7b

El sacerdote volvió a levantar su daga de pedernal. Era la tercera vez que lo hacía, pero tampoco en esta ocasión fue capaz de culminar el ritual.

—¡Huitzilopochtli! —gritó desesperado, buscando la confirmación del dios que lo iluminaba nombrándolo en voz alta.

Los que sujetaban a la víctima, no daban crédito a lo que veían. Su superior era incapaz de atravesar el pecho de aquel chico y ofrecer su corazón a Tláloc, dios de la lluvia.

No entendían su actitud y se revolvían inquietos, temerosos de la ira de sus deidades.

—¡Hazlo! —le increpaban con susurros.

Pero Ehécatl, que significaba dios del viento, no se dejó intimidar por el miedo de sus acólitos y, haciendo honor a su nombre, comenzó a esparcir su palabra entre los presentes:

—Hasta este preciso momento tenía la intención de derramar la sangre de este joven. —El sol iluminaba su rostro haciéndolo resplandecer como el oro—. Pero he recibido una señal.

La multitud que se agolpaba a los pies del templo aguardaba en silencio, mientras su atronadora voz inundaba el aire:

—En un principio me negaba a creer que se tratase del deseo de los dioses, pues la costumbre es poderosa y me incitaba a seguir con el ritual. Pero lo cierto es que este niño no ha derramado ni una sola lágrima. —Alzó una de las manos de la víctima—. Ni siquiera cuando le arranqué todas las uñas una a una.

—Pero —prosiguió—, poco a poco, una idea fue creciendo dentro de mí. —Soltó el maltrecho miembro y alzó sus manos al cielo—. Que él era un enviado de los dioses para mostrarnos que las lluvias no dependían del derramamiento de sangre.

Los fieles lanzaron un gran clamor atemorizados.

—Sí, yo también sentí terror ante semejantes ideas y las deseché. Pero estos razonamientos, a medida que llegaba el final de la ceremonia, se convirtieron en palabras dentro de mi cabeza. —Se golpeó las sienes con los puños—. Y me decían que parara. Que estaba equivocado. Que llovería igualmente sin necesidad de matar a este chico. Lo cual sucedería en cuanto lo devolviéramos sano y salvo al bosque en donde lo encontramos.

Los asistentes no sabían qué pensar. Siempre habían confiado en sus palabras, pero esto iba en contra de sus más arraigadas creencias. No obstante, hicieron lo que se les pedía y, en cuanto el niño del rostro impasible se perdió entre los árboles, empezó a llover con fuerza como nunca antes lo había hecho.

 

Ya de regreso en la cápsula espacio-temporal, el pequeño Bobby respiró aliviado y desde la unidad de regeneración acelerada se dirigió a su hermano mayor:

—Esta vez creía que no lo contaba. ¡Qué obstinado era ese tío!

—Con esta gente tan primitiva nunca falla lo de las voces interiores, pequeñajo —contestó Marc sonriendo sin apartar la vista de los controles—. Y gracias al inhibidor del dolor pudiste representar tu papel a la perfección.

—¿Cuál toca ahora? —preguntó Bobby.

—El siguiente destino será más duro, pues en la época a la que nos dirigimos la ciencia ha sustituido a la superstición, por lo que no nos servirá de mucho meter ideas en la cabeza de nadie.

Se elevaron y desaparecieron, sumando un nuevo logro a su particular cruzada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *