Entre dos mundos

 

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—¿Ya te tienes que ir? —Ella desliza un dedo por mi pecho.

—Aún me quedan unos minutos. —Un escalofrío, provocado por su caricia, eriza mi piel—. Pero no quiero irme, si es lo que piensas.

—Pues no te vayas —ronronea ella mientras aprieta más su cuerpo desnudo contra el mío.

—Nada me gustaría más, pero no depende de mí. —Me levanto de la cama y empiezo a vestirme—. Una magia muy poderosa me une a mi destino.

—¿Y si no te dejo marchar? —Una sonrisa pícara ilumina su rostro y hace que sonría yo también mientras me vuelvo para terminar de arreglarme.

—Puedes intentarlo si quieres. —Alzo mis manos hacia arriba a modo de rendición—. Comprobarás que es imposible contradecir su poder. A la hora indicada desapareceré de donde esté y apareceré en mi puesto.

—En ese caso, ¿qué sentido tiene que te vistas y te marches? —reprocha a mis espaldas.

—La desintegración no es agradable —le aclaro mientras termino de ajustarme la ropa—. Pero… ¿sabes que te digo? —Me giro y me quito la chaqueta que acababa de ponerme—. Por estar contigo un rato más, estoy dispuesto a pasar ese mal trago.

—No, por favor, no quiero que sufras. Solo bromeaba. —Su cara denota ahora sincera preocupación.

—Tampoco es que me vaya a morir del dolor y creo que merece la pena apurar hasta el último segundo junto a ti —Le obsequio con mi mejor sonrisa mientras termino de despojarme de mis vestimentas. El dolor de la teleportación es más fuerte cuanto más lejos me encuentre, y a la distancia a la que nos hallamos seguro que será insoportable, pero las ganas de estar con ella son aún más fuertes.

—Yo también estoy muy a gusto contigo. —Vuelve a abrazarme en cuanto me tumbo a su lado—. Y me parece todo un detalle por tu parte que te expongas a ese sufrimiento por seguir conmigo.

Sin perder ni un segundo más, nos volvemos a entregar el uno al otro en una desenfrenada sucesión de besos y caricias. Nuestros cuerpos se entrelazan apasionadamente.

El destello me coge desprevenido, por lo que el dolor se hace aún más desgarrador. Una brillante luz lo borra todo a mi alrededor y pierdo la consciencia.

 

Vuelvo a estar en mi puesto. Empiezan a entrar los primeros visitantes. Según me contó Alicia anoche, en la taberna en la que nos conocimos, represento a uno de los personajes de un cuadro de un tal Caravaggio. Se trata de una escena en la que yo le indico a mi compinche las cartas que posee el panoli que está jugando contra él. Hasta entonces yo sabía que estaba encerrado en un cuadro del mundo mundano unas horas al día desde que contrarié a aquella bruja, pero no sabía de qué obra se trataba.

Envidio a esta chica, por su capacidad de visitar ambos mundos con tan solo atravesar un espejo. Ya había oído hablar de sus hazañas cuando era niña y me pareció un sueño que se fijara en mí al encontrarme en aquel tugurio. Después, en el hostal, me confesó que se había quedado prendada de mí desde que me vio en esta pintura en la que me encuentro atrapado durante el horario de apertura del museo.

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