Tercera Ley

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Entre una variopinta multitud de turistas, dos mujeres paseaban por las calles de Rothenburg ob der Tauber. Una de ellas estaba maravillada por todo lo que la rodeaba. La otra, intentaba contener las lágrimas para no estropear el momento.

—¡Es mucho más bonito de lo que imaginaba!

—Las fotos que vimos no le hacían justicia —convino Claudia procurando esbozar su mejor sonrisa.

—Es más que eso. Los olores: el que desprende la madera de los entramados de las fachadas, el de las múltiples flores que adornan sus ventanas, el del pan recién hecho… —explicó María mientras se descalzaba.

—¿Qué haces?

—Quiero sentir el tacto de los adoquines.

Claudia se estremeció viendo disfrutar de aquella manera a María. La quería como a una hija y el simple hecho de pensar que ese era su último día en la tierra le encogía el corazón.

—¿Qué es lo que suena? —preguntó María mientras saboreaba distraída un panecillo con forma de conejito.

—Son las campanadas del carillón de la Taberna de los Concejales.

—¡Ay, acerquémonos, por favor, que quiero verlo!

—¡Espera! —Claudia pagó el panecillo y la alcanzó. En la plaza se arremolinaba el gentío para ver el curioso y antiquísimo mecanismo.

—Mira —empezó a explicar María—, representa la escena en la que el alcalde se bebe de un trago 3 litros de vino para salvar la ciudad. —Era como una niña disfrutando de un día en un parque de atracciones.

—Sí, se conoce como el “Trago Maestro” y fue la propuesta que le hizo el invasor como condición para no arrasar la villa —dijo Claudia.

—Esa fue la primera vez que se libró de ser destruida —añadió María con el índice levantado y cara de sabionda—. Volvió a evitar la devastación durante la segunda guerra mundial y después le siguieron muchos más episodios similares. Parece como si hubiese algo que la protegiese, haciéndola pervivir.

—¿Por eso le pediste al juez venir aquí, cuando te dio a elegir el lugar donde se ejecutaría la sentencia?

En ese momento se rompió la magia y ambas se miraron entristecidas al recordar que habían ido a hacer allí.

—Siempre quise venir con él. Espero que cuando yo me haya ido, el recuerdo de nuestro amor perdure como lo ha hecho este lugar.

 

Las imágenes de aquella noche volvieron a inundar la mente de María: ese hombre sobre el cuerpo sin vida de Robby, su cínica sonrisa de superioridad, la ira que crecía en su interior y que acabó por anular la directriz que le impedía hacerle daño a un ser humano…

—Es la hora —dijo Claudia con los ojos anegados.

—Yo lo haré. Si conseguí anular la primera directriz, la tercera, referente a mi autoprotección, no será difícil de contradecir.

Extrajo la unidad de consciencia de uno de sus oídos y la sostuvo un momento en la palma de su mano derecha. Claudia le aferró la izquierda con las suyas y la apretó contra su pecho. María cerró entonces el puño y destruyó el dispositivo. Su cuerpo se desplomó en mitad de la calle y Claudia siguió aferrada a su creación hasta que llegaron los robots de la brigada de reciclaje.

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