El guiño

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Cuando me atreví a abrir los ojos, la batalla cuerpo a cuerpo ya había comenzado. Los dos barcos estaban unidos por numerosos tablones y cuerdas. Entrechocar de espadas, gritos, disparos y cañonazos se entremezclaban a mi alrededor. Y allí estaba ella, mi heroína, en mitad de la refriega. Segando la vida de todo aquel que osaba acercársele. Tras terminar con los infelices que se interponían en su camino, comenzó a luchar contra el que parecía ser el capitán del navío que acababan de abordar. El resto de la tripulación que le había salido al paso, dada su maestría con la espada, no le supuso ningún problema. Pero aquel oficial también era bastante diestro y le estaba plantando cara. No le sería fácil derrotarlo.

—¡Vais a morir como un perro! —gritó ella mientras esquivaba un sablazo.

—¡No creáis que por ser mujer tendré misericordia con vos! —vociferó él, mientras paraba con su sable el contraataque de ella.

—¡No seré yo quién implore clemencia tras esta contienda! —le escupió a la cara mientras sus sables forcejeaban filo contra filo.

El capitán dejó de hablar y se concentró en la lucha.

—¡¿Se os ha comido la lengua un gato?! —se burló ella mientras empezaba a arrinconarle contra las cuerdas de la jarcia.

—¡¿Ya no se os ocurre más que decir?! —insistió ella redoblando su ataque.

La cara de él palideció cuando lo desarmó con una estocada certera.

—¡Piedad! —balbuceó mirándola a los ojos.

Fue lo último que pronunció. La hoja le atravesó la garganta, desfigurando su rostro en una mueca de dolor. Después cayó de rodillas aferrándose con ambas manos la herida y finalmente se desplomó sobre la sangre que anegaba la cubierta. En ese momento fue cuando sucedió: se volvió hacia mí y me guiñó un ojo. Era como si me hubiese dedicado su victoria.

 

—¡Venga ya, Sara! ¡Eso es imposible! Te lo habrás imaginado. —David siempre me sacaba pegas a todo lo que decía. 

—¡Te digo que es cómo sucedió! Además, tú qué sabrás, si nunca te has atrevido a probarlo. —Sentí calor en las mejillas de pura rabia.

—Pero viene muy claro en las instrucciones de uso, y es lo primero que te explica el bibliotecario antes de emprender el viaje temporal. Aunque nos parezca que estamos realmente allí, nadie puede vernos ni podemos interactuar con el entorno.

—Pues a lo mejor están todos equivocados.

—O a lo mejor te lo estás inventando para darte importancia. Además, seguro que los piratas no hablaban así en mitad de una pelea, parece que se fueran a invitar a una taza de té en cualquier momento.

Me di media vuelta enfurruñada y me fui. Me daba igual lo que pensaran, yo estaba segura de lo que había visto. Me subí al primer aerodeslizador que había en la parada y pegué mi pulgar al lector. Una voz mecánica confirmó mi dirección y tras acomodarme en el asiento el aparato se elevó zigzagueando entre el tráfico, emprendiendo así mi regreso a casa. Mi madre ya estaría empezando a preparar la cena. Ella sí me creería. Ella no dudaría del guiño que Mary Read me había dedicado hace diez siglos esa misma tarde.

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