La plaga

La plaga

22 de enero de 3008. Teniente Oneil. Delitos ecológicos. Dispositivo de registro de pensamientos encendido:

Estoy en el culo del mundo. No sé qué es esto. No lo he visto en ningún otro sitio. Vine con el fin de recoger un poco de polvo y estoy en este decrépito y primitivo motel sufriendo un cruel encierro.

Una materia arcillosa de un tono rojizo, que ha adoptado una forma radicular, recubre un tercio de todas las paredes. Sin embargo, suelo y techo siguen impolutos.

Un bote de vidrio roto, en el centro del comedor, es el origen de este despropósito. Hay salpicaduras de la extraña sustancia alrededor del mismo y restos en su interior. El cadáver de un hombre joven, de unos setenta años, yace  boca arriba en el suelo con los ojos clavados en el techo y las manos en su garganta. Está invadido por esa cosa.

Torpemente, debido a los guantes, consigo extraer su cartera del bolsillo de su pantalón y compruebo que el tipo es de nacionalidad inglesa. Me pregunto qué habrá venido a hacer a esta apartada colonia española.

Siento cómo aumenta la presión que ejerce en el exterior de mi traje de aislamiento, el cual ha invadido casi a partes iguales por fuera. Lo único que no tocó fue el visor.

En el interior del equipo de protección estoy bien, me siento seguro, pero sube mi nivel de estrés por momentos.

La extraña materia ha bloqueado la puerta por la que entré mientras examinaba la escena —me recuerda a los precintos policiales de las películas de hace un milenio— y cubre casi por completo las ventanas. He intentado desprenderla pero está dura como una piedra. No hay salida que no esté cubierta por ella. Flotando en el aire hay finísimas partículas del mismo color.

Al observar con más detenimiento mi entorno veo que es selectiva: los sillones no tienen ni uno solo de estos corpúsculos terrosos —aunque al entrar creo recordar que estaban invadidos a partes iguales—; los espejos se ven, del mismo modo, limpios; las sillas solo las ha invadido a medias; el refrigerador solo tiene finas vetas que apenas motean su superficie; las lámparas tapadas hasta las trancas.

Me acerco a uno de los sillones y compruebo que hay una fina capa de polvo incoloro que se desprende fácilmente. Entonces, desviando mi mirada hacia el tipo que está en el suelo, comprendo la relación y mi mente se colapsa. Es imposible. Algo, no obstante, interfiere en el sistema de grabación y me impide pensar ni siquiera en la conclusión a la que acabo de llegar.

Una picazón en mi mano derecha interrumpe mis cavilaciones. Al mirármela descubro una fisura en el guante. La desazón va subiendo por mi brazo. En cuestión de segundos el fino polvo invade el interior de mi traje y se adhiere a mi cara. Los ojos, como es lógico, no los infectó y puedo seguir siendo testigo de su progreso.

Comienza a bajar por mi garganta y a invadir mis órganos y el dolor se hace insoportable, pero mi boca está sellada y lo que debió ser un alarido se convierte en un lastimero quejido que se ahoga tras la mordaza ocre que tapa mi cara.

También ha tapado mis fosas nasales y empiezo a asfixiarme. No me queda mucho tiempo y aun así sigo sin poder narrar con mi pensamiento consciente la conclusión a la que he llegado para que quede constancia en la grabadora. Parece que la plaga interfiere en mis procesos mentales, como si tuviese consciencia y tratara de evitar que descubran su secreto.

Espero que quien examine mis pensamientos pueda llegar a la misma deducción que yo y aporte a la humanidad la clave para su salvación, si es que esta es posible, porque: ¿se puede vivir sin aire o sin agua?

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