Prueba 41 del reto (Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad)

Inquebrantable

Will estaba un poco nervioso. Había entrenado duro para pasar todas las pruebas, pero siempre le quedaba la duda de si le afectaría la presión del directo. En su garaje había conseguido una simulación perfecta de los retos del concurso a nivel neuronal, pero con todos esos focos y el público en las gradas la cosa cambiaba.

—¡Y ya está preparado nuestro próximo concursante! —bramó musicalmente el presentador—. ¡¿Conseguirá él la hazaña y el título de Inquebrantable?! ¡De ser así se llevará el bote acumulado que asciende ya a dos millones de créditos intergalácticos!

La multitud gritaba enloquecida. La escena recordaba a aquellos circos romanos de la antigüedad. Algunos de los asistentes no estaban realmente allí, sino que disfrutaban del espectáculo desde sus casas mientras sus réplicas humanoides les transmitían a distancia las sensaciones que percibían. La mayoría, sin embargo, prefería asistir en persona. La primera fila, un círculo que rodeaba al ring a escasos metros de donde se situaban el concursante y el holograma del presentador, era el lugar más codiciado.

Las primeras pruebas eran un puro trámite y Will las superó sin despeinarse. No era muy difícil resistirse a la tentaciones propuestas, pese a que se adaptaban al perfil de cada concursante y se reforzaban con estímulos externos tales como olores, sonidos e imágenes relacionadas que se proyectaban sobre las pantallas virtuales que flotaban alrededor de Will. No sucumbió a la tentación de su alimento preferido, ni a la de su marca favorita de tabaco, ni siquiera a esa sugerente copa que tan bien le hubiese venido para afrontar las siguientes pruebas.

Llegó el momento decisivo. Las dos últimas pruebas eran el plato fuerte de aquel circo y además se pasaba de una a otra sin previo aviso, por lo que una azafata del concurso subió al ring para asegurarse de que el dispositivo de soporte vital estaba correctamente anclado al cuello del concursante.

En ese momento a Will se le vino a la cabeza la imagen del participante anterior, o lo que quedaba de él, llorando amargamente mientras se lo llevaban a la sala de reconstrucción. La desechó rápidamente, pues no le ayudaría a mantenerse concentrado ante lo que se avecinaba.

La penúltima prueba, aunque no era ni por asomo tan dura como la prueba final, requería de mucha concentración. Ya habían empezado a subir al ring un grupo de mujeres que estaban completamente desnudas. Se trataba de réplicas humanoides, pero era imposible distinguirlas de las personas. La azafata, tras hacer las comprobaciones pertinentes, despojó a Will de su batín dejándolo tal y como vino al mundo. La prueba consistía en soportar todo tipo de insinuaciones y caricias sin que se produjera en él una erección. Solo había una norma: no podían tocarle los genitales.

Casi pierde la concentración al ver que una de las réplicas era una copia de su vecina. Él pensó que debía haber sido cosa de su mujer. No que ella le hubiese comunicado a la organización del concurso sus sospechas, pues también quería que su marido ganase los dos millones, pero seguro que lo habían extraído, de alguna manera, de su subconsciente. Había mucho dinero en juego, y los organizadores no escatimaban en recursos con tal de ponérselo difícil al concursante.

Will no estaba dispuesto a que eso le hiciera mella y se concentró, como tantas otras veces había practicado en su garaje, en una barra de hielo. Se fundió mentalmente con la misma llegando a sentir su frío, el cual repartió entre su nuca y sus genitales. A partir de ese momento se sentía preparado para cualquier cosa que le quisieran hacer.

Soportó todos los intentos de las réplicas para excitarle. Una de ellas, la que era idéntica a su vecina, bailaba delante de él en posiciones imposibles para mostrarle hasta el último rincón de su anatomía mientras dos de ellas se frotaban contra su piel a ambos lados y la cuarta le masajeaba la espalda y las nalgas para hacerle perder la concentración.

Al cabo de un tiempo, viendo que no conseguían su objetivo, lo inmovilizaron y la réplica de su vecina se acercó y hundió un afilado cuchillo en su abdomen. Acababa de comenzar la última de las pruebas, la más difícil de superar: el dolor físico. Con movimientos precisos de la hoja pronto los intestinos de Will estuvieron en sus manos. Se los colgó del cuello a modo de bufanda y se contoneó por todo el ring balanceando sus extremos. La multitud rugía frenética, sobre todo los que se encontraban más cerca, a los que la sangre de Will les había moteado sus rostros. Él por el contrario permanecía tranquilo, pero había cambiado la imagen mental del hielo por el de una llama. Ahora necesitaba concentrarse en algo que le hiciera sentir el calor que la pérdida masiva de sangre le estaba arrebatando de su cuerpo.

—¡Vaya, señoras y señores, parece que tenemos aquí a un héroe! —La estridente voz del presentador pretendía en parte minar su determinación y en parte enaltecer más al público—. ¡Vamos a tener que emplearnos a fondo! —Compartió una elocuente mirada con la portadora del cuchillo las tripas de Will y esta volvió a aproximarse a él.

Comenzó a clavar su cuchillo en la articulación de una de las rodillas, retorciendo en cada envite, hasta que consiguió desprender la pierna. La alzó como un trofeo y luego la dejó caer a un lado del ring. Unas manos la atrapó y la extremidad se perdió entre el público.

Miembro a miembro fueron desmontando a Will y él solo hizo lo único que estaba permitido en la prueba: dejar correr sus lágrimas por sus mejillas. No gritó en ningún momento, ni puso ninguna mueca de dolor y por supuesto jamás dijo basta, que era la palabra clave para parar el suplicio.

Cuando ya solo quedaba su cabeza unida a la unidad de soporte vital el público enmudeció. Entonces, a una señal del presentador, la azafata alzó la cabeza de Will por encima de sus hombros al tiempo que sonaba una estridente sirena.

—¡Tenemos un ganador! —Tras las palabras del holograma del presentador la multitud volvió a enloquecer—. Hacía mucho tiempo que nadie lo conseguía! ¡Enhorabuena, Will, consigues el galardón de Inquebrantable! ¡Y por supuesto…! —Dejo la frase en el aire unos segundos y después, paladeando cada sílaba, continuo—: ¡…los dos millones de créditos!

Todo era júbilo en Will ya su alrededor. Brillaban luces de colores, caía confeti desde el techo abovedado y saltaban multitud de flashes. Todos querían inmortalizar ese momento. Hacía muchos años que nadie lo conseguía y la gente estaba empezando a creer que el premio final era inalcanzable. Aunque el agraciado fuese el concursante todos los allí presentes sentían la euforia del premio conseguido.

Se llevaron la cabeza de Will a la sala de reconstrucción. Seguía llorando, pero ahora eran lágrimas de pura felicidad. Lo había conseguido.

A muchos metros por encima del ring, en la cabina de retransmisiones, la mujer de Will enjugaba sus lágrimas con un pañuelo que le había tendido el presentador. Este desconectó un dispositivo que tenía anclado al cráneo y su holograma desapareció del ring.

—Enhorabuena, su marido lo ha conseguido.

—Gracias. —Doblando el pañuelo por la mitad se lo devolvió.

—Cuando nos pidió que averiguáramos si él sentía algo por su vecina nos pareció un elemento interesante para hacer tambalear su fuerza de voluntad. Está claro que no es así. En los escáneres neuronales solo aparecen patrones de reconocimiento, pero ni rastro de sentimientos.

—Gracias de nuevo.

—No tiene por qué darlas, lo cierto es que lo ha puesto interesante, nunca me habían pedido nada parecido. Además, gracias a la victoria de Will hemos batido récords de audiencia y las solicitudes para inscribirse al concurso se han triplicado. Todos ganamos, usted descarta sus sospechas y se convierte en millonaria, nosotros aumentamos los beneficios. Por cierto, no olvide descontar mis honorarios del premio, me he jugado mucho utilizando el concurso para hacerle de detective. Dígale a Will que forma parte de lo que se descuenta por los impuestos.

—Descuide, así lo haré. Y gracias de nuevo.

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