Prueba 36 del reto (Escribe un relato sobre un trayecto o travesía. Céntrate en los cambios de escenarios)

Viaje a ninguna parte

—¿No hemos pasado por aquí antes? —pregunto al tipo vestido con un esmoquin de un color rojo burdeos.

—Ya te he dicho que sí —me contesta mi misterioso acompañante—, lo que ocurre es que no lo recuerdas.

Miro por la ventana del vagón y el paisaje que transcurre en sentido contrario a la marcha del tren se compone de prados infinitos hasta donde llega la vista. En el centro de tan idílica imagen hay un manzano, pero está marchito y ennegrecido.

—¿Que le ha pasado a ese árbol? —pregunto antes de que lo perdamos de vista.

—Se secó. Hace tiempo que no queda nadie aquí para cuidar de él.

No entiendo por qué, pero su respuesta provoca una punzada de dolor en mi pecho y una gran nostalgia se apodera de mí. Extraigo un pañuelo blanco de mi esmoquin blanco y enjugo unas lágrimas que se han tomado la libertad de corretear por mis mejillas.

Ahora el paisaje ha cambiado. Hay agua por todas partes que anega unos terrenos en los que descansan silenciosas las ruinas de una civilización. Infinidad de columnas, estatuas y diversas construcciones están semienterradas en el lecho marino.

—¿Y aquí qué ha pasado? —lanzo la pregunta a mi acompañante y guía con temor de su respuesta. Cada nueva cosa que descubro en este viaje va encendiendo la llama del recuerdo en mi interior.

—Eso era la Atlántida —contesta él apesadumbrado—. Fue un pueblo grandioso. Me dolió mucho ver como desaparecía bajo las aguas que inundaron este mundo.

De nuevo la desazón en mis entrañas acompañada de un intenso aunque inexplicable sentimiento de culpa.

El siguiente paraje es aún más desolador. Se compone de un par de ciudades gemelas totalmente calcinadas. Al fijarme bien en los detalles de sus ahora decrépitas estructuras las reconozco y la verdad golpea mi mente de una forma sobrehumana.

—Esto también lo hice yo, ¿verdad? —pregunto sin apartar la vista de mi reflejo en el cristal.

—Me temo que sí, viejo amigo, en otro de tus ataques de ira. Por eso mismo me pediste que te acompañara en este viaje: para dejar de inmiscuirte en sus asuntos, para respetar su libre albedrío sin más consecuencias que las que ellos mismos generen.

Lloro amargamente mientras mi inmemorial amigo me consuela entre sus poderosos brazos.

—Debes tomarte esto. —En una de sus manos reposa una píldora de color azul.

—Gracias, amigo. —Acepto su ofrecimiento y me recuesto en mi asiento mientras espero que me haga efecto.

Al cabo de un tiempo pasamos junto a una sucesión de prados infinitos con un ajado manzano en su centro.

—¿No hemos pasado por aquí antes?…

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