Prueba 35 del reto (Piensa en tus miedos más oscuros. Haz un relato en el que a tu personaje le pasen al menos 2)

Sin aire

Era el peor día de Pedro. Pero todavía iba a empeorar hasta niveles insospechados. Estaba en una playa abarrotada de gente. Era casi imposible moverse sin rozarse con alguien. No entendía como se había dejado convencer para ir a aquella cala, cuando había una gran variedad de ellas casi desiertas en los alrededores. Eran de difícil acceso, pero merecía la pena el esfuerzo si después tenías la orilla y el mar para ti solo.

—Ni de coña tío. —Hace un par de horas esta fue la frase que echó por tierra la propuesta de Pedro de ir a una de esas calas desiertas. Tomás era el más vago del grupo y los demás le iban a la saga, por lo que su razonamiento convenció a la mayoría—. Estaremos a años luz del chiringuito más cercano y tendremos que cargar con la neverita un porrón de metros.

Ahora no necesitaban cargar con las bebidas ni la comida, pero Pedro insistía en su pataleo, pensaba que al menos tenía derecho a él.

—Deberíamos haber ido a dónde yo dije —argumentó mientras se encargaba de clavar la sombrilla en el único hueco libre que había cuando llegaron—,  aquí no se puede ni abrir este chisme sin chocar con las de los demás.

—No seas exagerado y deja ya de protestar —dijo Sofía levantando una mano con la palma recta como si tirase hacia atrás un objeto imaginario y frunciendo ligeramente el ceño—, además entre tanta gente seguro que hoy encuentras aquí a tu Heidi.

Todos rieron, aunque la risa de Pedro era bastante forzada. Empezaba a estar un poco harto de la dichosa bromita.

Terminó de montar aquel engendro de colores chillones que adquirieron en un chino del malecón y se sentó a su sombra cruzando los brazos sobre las rodillas. Perdió su mirada entre la multitud. Trataba de encontrar un resquicio por el que poder ver el mar.

Odiaba las multitudes. Uno de sus más arraigados temores era morir aplastado por una muchedumbre enloquecida. El otro, perecer sepultado por una ola gigante. Ambos estaban relacionados con la privación de aire, entre otros desagradables padecimientos. En ese preciso instante estaba pensando que se encontraba justo en el lugar ideal para que le ocurrieran las dos cosas.

—… Pedro. —La voz de Yolanda lo sacó de su ensoñación—. Chaval, llevo llamándote un buen rato.

—Perdona, Yoli, estaba en mi mundo.

—¿No te importa quedarte vigilando las cosas mientras nos bañamos? —Yolanda estaba obsesionada con la seguridad y Pedro no la culpaba, sobre todo en aquella playa tan masificada.

—Sí, claro, id tranquilos, yo hasta que no pasa un buen rato no me apetece entrar en el agua.

—Por eso lo decía. Gracias de todos modos. —Le dedicó una sonrisa sincera y se dio media vuelta.

A Pedro era la que mejor le caía de la pandilla. Y pensaba que era una lástima que estuviera saliendo con el que, a su entender, era el más capullo del grupo, Román.

Entonces sintió como se le clavaba una mirada en el cogote. Se volvió y se encontró con la atenta mirada de una chavala, a cinco sombrillas de distancia, que parecía estar escrutando sus pensamientos. Incluso ladeó ligeramente la cabeza cuando a Pedro se le ocurrió dicha posibilidad.

A Yasmín le pareció que aquel chico era el único que merecía la pena en toda la playa. Podía percibir la pureza de sus sentimientos y la sensatez de sus pensamientos. No entendía cómo le podía gustar una chica a la que le gustaban chicos como el que en aquellos momentos la estaba ridiculizando para hacerse el gracioso.

Estaba tan concentrada en conocer a Pedro que las barreras interdimensionales que su subconsciente mantenía alzadas cada vez que visitaba otros mundos decayeron por un instante. No fue casi nada, pues enseguida se dio cuenta y volvió a activarlas, pero duró lo suficiente para que se colara desde su dimensión una ola gigante. La ola ya era grande para su mundo, pero en el que estaba ahora nunca habían visto nada parecido.

Pedro levantó la vista al ver que el cielo se oscurecía súbitamente y lo que vio en el horizonte le heló la sangre. Una ola que tapaba el sol se dirigía vertiginosamente hacia la costa. Pronto se iniciaron murmullos que se transformaron en gritos.

Antes de que le diera tiempo ni a levantarse para empezar a correr usa tenía encima a las personas que estaban más cerca. Al momento la turba lo envolvió y lo tiró al suelo donde empezó a sentir los primeros pisotones, aunque duraron poco pues en pocos segundos varias personas cayeron sobre él.

Pedro trataba de revolverse desesperado pero cada vez le costaba más trabajo y empezó a notar que le faltaba el aire. Su angustia crecía a cada momento sabiendo que cuando le alcanzara aquella descomunal ola le iba a pillar sin nada de aire en los pulmones y que si sobrevivía a su impacto no conseguiría nadar hasta la superficie a tiempo. Lo que no sabía era que ni el nadador más cualificado de la tierra sería capaz de escapar de aquella descomunal masa de agua que se les venía encima.

Cuando creía que ya no podía aguantar más la presión de los cuerpos que se agolpaban sobre él hundiendo su cara en la arena, se sintió liberado de aquel peso y lanzado hacia el malecón por los aires. Solo que ya no era aire lo que lo rodeaba sino agua.

A punto de estrellarse contra el muro del paseo marítimo se detuvo, aunque el resto seguía su letal trayectoria para estamparse contra aquella pared de piedra. Todo estaba bastante turbio y al principio no comprendía lo que estaba pasando. Las demás personas y objetos de la playa empezaron a pasar a través de él, como si Pedro fuese un fantasma.

Al mirar hacia donde antes estaba la playa la vio. La chica que se le quedó mirando tan fijamente estaba a escasos metros de él. Hacía gestos con sus manos como si quisiera desmenuzar el espacio que los separaba. Pero lo que más le llamó la atención fue que ella se acercaba hacia su posición caminando. Le parecía como si hubiera bajo sus pies un suelo firme y el caos circundante no existiera.

Justo cuando le parecía que sus pulmones iban a estallar del dolor de no poder respirar, ella le alcanzó y tan solo con tocarlo lo trasladó a su propia dimensión.

Al sentirse fuera del agua inhaló profundamente con la boca muy abierta. Estaba lleno de lodo y completamente empapado, pero estaba fuera del agua. Estaba a salvo y sobre un suelo firme.

Frente a él estaba Yasmín sujetándole aún las manos. Se hallaban en mitad de un extraño páramo, pues aunque no se podía apreciar ninguna construcción alrededor el suelo que pisaban era de piedra pulida, cálida bajo sus pies desnudos.  Al mirar hacia abajo el espejo de alabastro les devolvía el reflejo de sus siluetas. Parecía un lugar atemporal en el que ese suelo era lo único que parecía existir. Sobre ellos había una oscuridad inescrutable, sin embargo, se apreciaba iba luminosidad tenue que los envolvía son provenir de ningún lugar en particular.

—¿Dónde estamos? —preguntó Pedro cuando recuperó el aliento—. ¿Quién eres?

—Me llamo Yasmín y esto es un espacio atemporal entre dimensiones al que acudo cuando necesito estar segura.

—¿Entre dimensiones? ¿Atemporal? —Pedro balbuceaba las palabras sin dar crédito a lo que estaba experimentando.

—Tranquilo —dijo ella mientras ponía su índice en sus labios para hacerlo callar—. Ahora lo entenderás todo.

Entonces ella sujetó suavemente la cabeza de Pedro entre sus manos y le transmitió todos sus conocimientos.

Pedro conoció de esa manera todo lo que guardaba Yasmín en su memoria. Vio su nacimiento, su mundo, sus viajes entre dimensiones y también vio lo que había empezado a sentir ella por él al conocerlo por dentro. Siempre había sido un chico bastante introvertido y no se daba a conocer del todo, pero ella había hurgado hasta en sus secretos más profundos y lo aceptaba tal y como era. No sabía si era por efecto de la transmisión de datos que acababa de compartir con él, pero Pedro también empezó a sentir algo por ella.

Instintivamente le iba a preguntar por su mundo, pero tras la conexión mental ya no hacía falta. Supo al instante que la energía empleada en salvarlo cerró ese portal de manera permanente y que ya no podría volver a su propia dimensión.

Se dieron la mano y desaparecieron rumbo a otras dimensiones que descubrir juntos.

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