Prueba 33 del reto (Piensa en una palabra que no suelas utilizar y búscala en Google imágenes. Escribe una historia sobre la tercera imagen)

Conjetura

Daniel se topó con un signo de interrogación sobre la arena de la playa por la que llevaba caminando un buen rato. Dio entonces por hecho que no era el único habitante de aquella misteriosa isla desierta.

No recordaba absolutamente nada, ni siquiera su nombre. Dedujo que debía viajar a bordo de algún barco y que por el motivo que fuese acabó en aquella isla. Aunque también podría haber ido en algún avión, pero le pareció menos probable, pues la posibilidades de supervivencia se reducían mucho en un accidente de avión.

Lo que estaba claro es que tenía que haber sufrido algún tipo de traumatismo que reseteara su memoria, porque estaba totalmente en blanco. No podía apoyarse en ningún recuerdo que le ayudará a dilucidar cómo había llegado hasta allí. Tan solo podía lanzar conjeturas e intentar probarlas después en caso de encontrar algo en aquel lugar que le sirviera para aclarar la situación. Por eso llevaba horas peinando aquella isla, para encontrar indicios que le permitieran probar sus teorías o incluso abrir nuevos frentes de investigación.

Al cabo de otra interminable sucesión de horas volvió a toparse con la interrogación marcada en la arena. Si aún recordase la primera vez que la vio podría haber deducido que había dado toda la vuelta a la isla. Pero era la misma isla la que le hacía olvidar absolutamente todo cada cierto lapso de tiempo. Por ese motivo volvió a pensar que no estaba solo en aquella isla. De no ser así recordaría que fue él mismo el que marcó aquel signo en la playa nada más ingresar en la isla.

—¿Vuelve a repetirse el bucle? —preguntó John mientras intentaba descifrar el código continuo que escupía el terminal de ordenador que manejaba Cris.

—Sí, señor, lo hemos conseguido —contestó ella manipulando el teclado a la vez que comprobaba las constantes del hombre que se hallaba tendido en una camilla a su izquierda y conectado al terminal por medio de infinidad de cables.

—Estupendo, espero que tengas razón. No me puedo permitir perder más hombres para volver a reducirlo.

—No hay peligro. Al borrarle la memoria cada 30 segundos no permitimos que se produzca ninguna variación en sus razonamientos.

—¿Ha instalado, no obstante, el programa centinela? —El comandante John se veía bastante menos tenso que al inicio de la conversación.

—Si, señor, si surge cualquier cambio el programa nos avisará con tiempo suficiente para controlar la situación.

—Estupendo. —Aquella muletilla le servía tanto para felicitar a sus subordinados como para tranquilizarse a sí mismo cuando veía que todo salía como debía salir—. No debe ni siquiera llegar a sospechar que su entorno no es real, pues ya sabemos que puede salir del coma inducido por sí mismo si eso sucede.

—Descuide, señor, eso no volverá a ocurrir.

Daniel era una aberración de la naturaleza. Nunca se había conocido a ser humano con tales poderes psicofísicos. Al criarse en un entorno familiar cercano a la pobreza, debido a la crisis provocada por la élite mundial y perpetuada por los políticos que, como títeres adictos al poder del dinero, manejaban a su antojo, se convirtió en un héroe de las masas menos favorecidas en cuanto descubrió su nueva condición.

Pero ahora el ejército, perros guardianes de dichos poderes fácticos, habían conseguido confinarlo en la única cárcel capaz de retenerlo: una prisión psíquica.

En su particular realidad Daniel seguía girando sin parar alrededor de aquella isla ficticia.

Pero en su interior, de manera muy sutil, se produjo un cambio. Una parte de su mente se desdobló y se aisló, creando un espacio propio de pensamiento lejos del control de aquel superordenador al que estaba conectado. Ese espacio se fue rellenando, por medio de ósmosis telepática, de la información que manejaba el resto de su cerebro, fuera del alcance del programa centinela. Y comenzó a generar razonamientos diferentes en base a los datos que recibía de aquel bucle infinito.

Cuando tomó consciencia de sí mismo no actuó inmediatamente, sino que, siguiendo a su instinto, aguardo a tener toda la información necesaria para no volver a ser capturado nunca más.

Los militares, sin saberlo, le habían facilitado el acceso a esa información que necesitaba, pues al igual que había conseguido comunicarse con la parte de su mente controlada por el ordenador, a su vez pudo ingresar en dicho terminal sin ser descubierto y de ahí filtrarse al resto de la red. Los cortafuegos informáticos no suponían ningún obstáculo para alguien que había conseguido superar las barreras físicas de la realidad.

Pronto estaría preparado para contraatacar y esta vez no pensaba dejar títere con cabeza.

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