¡Ave, Caesar, mortuis salutant vos!

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Tengo la boca llena y sigo engullendo. El resto de comensales actúa de igual modo. Parece una endiablada competición por saciar el hambre. La carne está casi cruda, tan solo algo chamuscada por fuera. La sangre impregna nuestras fauces y manos, confiriéndonos un aspecto dantesco a la trémula luz de las llamas. El vino ni lo hemos tocado, la mayor parte se halla derramada por el suelo. El asedio ha durado demasiado, y nos afanamos en deglutir nuestro festín con voracidad. ¡Ave, César!, intento pronunciar, pero sólo consigo emitir un torpe gruñido entre los trozos de carne que anegan mi garganta. Al bajar la mirada veo a nuestro centurión, o lo que queda de él. Hace incontables horas que nos transmitió la orden, del mismísimo Nerón, de quemar Roma para erradicar la plaga de la que ahora formamos parte.

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